Necrópolis

    Es domingo por la tarde y la cinta de asfalto que, pulida y sinuosa, sube cada vez más arriba de las montañas, no es tan solitaria como me hubiera gustado. Algunos coches me adelantan, otros vuelven a Schirmek, en el valle, de manera que el tráfico de turistas rompe mi recogimiento, banalizando lo que había esperado encontrar. Sé que también yo con mi vehículo formo parte de esta procesión motorizada, pero aun así pienso que, por mi antigua vinculación con este lugar, si hubiese llegado solo, mi presencia no habría cambiado la imagen onírica que ha permanecido, intacta, en la sombra de mi conciencia desde el final de la guerra. Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión  incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas  (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales. Pero, a la vez, desde no se sabe dónde, inevitable, casi inoportuna, se introduce la satisfacción de que los montes de los Vosgos ya no son un lugar escondido de aniquilación retirada que se consume dentro de sí mismo, sino que a él se dirigen los pasos de una numerosa multitud predispuesta emocionalmente a intuir lo singular del inconcebible destino de sus hijos perdidos, aun cuando no es lo suficientemente madura para podérselo imaginar

Boris Pahor